No llorás porque sea poco. Llorás porque es mucho.
Porque alguien vino. Porque alguien se quedó.
Porque alguien te miró sin apuro y el cuerpo, que tiene memoria, se sorprendió.
Llorás porque hacía tiempo que no sentías unos brazos que no pidieran nada, silencios que no dolieran, una presencia que no activara la alerta sino el descanso.
Llorás porque te encanta y porque el amor, cuando es posible, da miedo.
Da miedo porque ya sabés perder. Porque ya aprendiste a ilusionarte sola
y esta vez…
Tenés miedo de flashear, pero no: sentir no es flashear.
Emocionarte no es exagerar. Ablandarte no es debilidad. Es tu alma reconociendo algo que había olvidado cómo se sentía.
Tal vez no sabés cómo sigue. Tal vez nada está garantizado. Pero fue real:
los mates, la comida,
las miradas que no se escaparon,
los abrazos que protegieron
sin encerrar.
Y aunque tiemble el corazón, aunque el pasado grite advertencias, hay algo nuevo pasando: estás permitiéndote creer —aunque sea un poquito— que merecés amor del bueno.
Del mutuo.
Del que no confunde.
Del que cuida.
Si duele, que duela.
Si asusta, que asuste.
Pero no te vayas antes de tiempo.
No te abandones para evitar que otro lo haga.
Quizás el amor sea eso: temblar y quedarse. Sentir miedo y aun así abrir la puerta.
Ojalá —sí—
ojalá esta vez
me crea digna
de todo lo lindo que está llegando.
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