lunes, 18 de mayo de 2026

 Hay días en los que el corazón se vuelve una casa vieja.

Cruje. Se llena de ecos.

Y una vuelve.


Vuelvo a Necochea como quien vuelve a un sueño que no terminó de entender nunca.

No sé bien qué voy a buscar ahí.

Tal vez una versión mía que quedó doblada entre las calles,

cantando canciones viejas en bicicleta,

con el viento pegándole en la cara y el mundo todavía intacto.


A veces pienso en todo lo que la vida arranca sin pedir permiso.

Cómo mueve el suelo, cambia las habitaciones del alma de lugar

y nos deja aprendiendo a habitar ruinas con elegancia.


Pero vuelvo.

Siempre vuelvo.


Porque hay lugares que no son ciudades:

son heridas respirando despacio.


Y entonces aparecen miradas conocidas,

gente que sonríe al verme como si aún quedara luz en mí.

Y yo me pregunto, bajito,

si alguna vez alcanzo.

Si fui buena en algo.

Si alguien logra ver lo que escondo detrás de tanta fuerza aprendida.


Qué extraño sentirse pequeña

cuando otros te nombran inmensa.


Mis alumnas me miran como si yo supiera el camino.

Mis amigos me abrazan con orgullo en los ojos.

Y por instantes, apenas por instantes,

el alma deja de temblar.


En noches como esta lloro lento.

Me refugio en el té caliente y en la música de antes.

La del viejo.

La que todavía vive en alguna esquina de Calle 70 y 31,

girando para siempre en una habitación donde todo dolía menos.


Dicen “la vida”

como quien se resigna a la tormenta.

Pero yo necesito creer que hay algo más.

Algo más que perder personas, versiones, hogares.


Y vos…

capaz seguís dando vueltas cerca mío,

como ciertas canciones que nunca terminan de irse.

Porque en tus ojos yo no tenía que demostrar nada.

Ya era todo.


Y tal vez eso sea crecer:

pasarse la vida buscando de nuevo

esa mirada.


miércoles, 4 de febrero de 2026

3/4 Febrero

No llorás porque sea poco. Llorás porque es mucho.

 Porque alguien vino. Porque alguien se quedó. 

Porque alguien te miró sin apuro y el cuerpo, que tiene memoria, se sorprendió.


Llorás porque hacía tiempo que no sentías unos brazos que no pidieran nada, silencios que no dolieran, una presencia que no activara la alerta sino el descanso.


Llorás porque te encanta y porque el amor, cuando es posible, da miedo. 

Da miedo porque ya sabés perder. Porque ya aprendiste a ilusionarte sola

y esta vez… 


Tenés miedo de flashear, pero no: sentir no es flashear.

Emocionarte no es exagerar. Ablandarte no es debilidad. Es tu alma reconociendo algo que había olvidado cómo se sentía.


Tal vez no sabés cómo sigue. Tal vez nada está garantizado. Pero fue real:

los mates, la comida,

las miradas que no se escaparon,

los abrazos que protegieron

sin encerrar.


Y aunque tiemble el corazón, aunque el pasado grite advertencias, hay algo nuevo pasando: estás permitiéndote creer —aunque sea un poquito— que merecés amor del bueno.

Del mutuo.

Del que no confunde.

Del que cuida.


Si duele, que duela.

Si asusta, que asuste.

Pero no te vayas antes de tiempo.

No te abandones para evitar que otro lo haga.


Quizás el amor sea eso: temblar y quedarse. Sentir miedo y aun así abrir la puerta.


Ojalá —sí—

ojalá esta vez

me crea digna

de todo lo lindo que está llegando.



viernes, 16 de enero de 2026

(y no tengo que poder con todo)

Hoy el miedo está acá.
No vino a destruirme. Vino a recordarme que amo, que me importa, que estoy viva.
Pero hoy no tengo que poder con todo. No tengo que ser fuerte. No tengo que sostener a nadie. No tengo que resolver la vida en una mañana.
Hay días en los que existir ya es suficiente.
El miedo aprieta el pecho y la cabeza se adelanta, imagina, se asusta, quiere controlar lo que no puede.
Y yo me digo, despacio: no hoy.
Hoy no tengo que anticipar dolores. Hoy no tengo que cargar futuros.Hoy no tengo que ser la que puede cuando no puede.
Puedo sentir miedo y descansar.
Puedo llorar y no explicarme.
Puedo no saber y seguir siendo valiosa.
No todo lo que duelecexige acción.
Algunas cosas solo piden presencia. Estoy acá. Respiro. Mi cuerpo está acá. Ahora mismo, nada se está cayendo.
Si algún día el mundo se mueve, no será hoy. Y si se mueve, no voy a tener que hacerlo sola. Hoy me permito soltar el traje de la fuerte. Hoy me dejo ser humana. El miedo no me define. La exigencia tampoco.
No tengo que poder con todo hoy.
Solo tengo que quedarme conmigo un ratito más. Y eso, aunque parezca poco, alcanza.

Hi 2026!

Siempre pasé el Año Nuevo en familia. Como un ritual heredado, casi sin preguntarlo.
Navidad en Necochea, fin de año en Pergamino.
Después, cuando la vida me mudó, las dos fiestas en el mismo lugar,las mismas mesas, las mismas despedidas, los mismos brindis.
Pero este año algo en mí pidió otra cosa. Tal vez porque el año fue intenso. Porque hubo luz, sí, mucha, pero también hubo cansancio, miedo, ansiedad, días en los que el cuerpo temblaba y la cabeza no encontraba silencio. Y cuando todo se volvía demasiado, yo volvía a casa.
Mi casa como refugio, como pausa, como ancla al presente.
Y el mar.
Siempre el mar.
Quienes me conocen lo saben: el mar es mi lugar más feliz y mi lugar más verdadero.
Ahí recuerdo quién soy, de dónde vengo, qué parte de mí no se rompió nunca.
Hubo momentos muy difíciles en los que lo único que me calmaba, de verdad, era pararme frente al agua, mate en mano,y dejar que todo se frene.
Como si el mundo y el mar entendiera que necesitaba bajar el volumen.
Este año decidí buscar otro rumbo. Otros lugares. Otras formas. Y si no era con amigos, iba a ser sola. Porque a veces perderse también es una forma de cuidado.
Y no fue casualidad. Fue causalidad.
Empezamos el año en una playa. No la de Necochea, pero playa al fin.
Una mesa para cuatro, los pies en la arena fría, copa en mano y en lo alto. El agua haciendo lo suyo y el cuerpo presente.
Así, simple y enorme a la vez.
Abrazada a compañeras de camino, con mujeres que atravesaron este año conmigo: las buenas, las muy buenas, las malas y las pálidas también. Como yo  siento estuve para ellas.
Confirmo que nada de esto es azar.

El Año Nuevo es, al final, eso: una fecha más cargada de sentido según lo que cada uno necesite.
Y yo necesitaba volver a mí. A veces está bien correrse, cambiar el escenario, salirse de la foto de siempre. Porque perderse un poco también es una manera de encontrarse.
Y empezar el año frente al mar, descalza, respirando hondo, sabiendo que sigo acá, me parece el gesto más honesto que puedo hacer conmigo misma.

Privilegio.
Presencia.
Gratitud.Que el año empiece así. Como una promesa suave. Como una vuelta a casa, nuestra casa. 


Durante años hubo un disco de La Vela Puerca que sonaba como si fuera parte de mi respiración. Lo escuchaba en mi habitación, en mi discman, caminando, quieta, siempre.
Había una canción en particular, Va a Escampar, que repetía sin pensar, como quien enciende una vela sin saber que está llamando algo.
Hasta ese día era sólo música. Un estribillo más, un refugio adolescente.
Pero el 3 de septiembre la canción no llegó: me encontró.
Estaba en la cocina de mi casa en Necochea, la luz entrando tibia por la ventana, el olor a lo cotidiano flotando en el aire. Puse play, como siempre, y sin aviso, sin explicación, empecé a llorar. No era un llanto cualquiera. Era un desborde. Un río abriéndose paso por dentro mío, como si mi cuerpo supiera algo que mi cabeza todavía no podía nombrar. Lloré con una intensidad antigua, como si me estuviera despidiendo de algo sin saber de qué. Mi abuelo me miraba desde la mesa, desconcertado, pero yo estaba en otra frecuencia, en un lugar donde el alma tiembla antes de romperse.
Cantaba a los gritos esa frase —algún día va a escampar— y era como si cada palabra me empujara hacia un borde invisible.
Cuando la canción terminó, el silencio se volvió una especie de presagio. Ese silencio que no hace ruido, pero avisa.Y entonces se escuchó un auto llegar.
Mi mamá y mi tío cruzaron la puerta.
La cara de mi mamá, apenas verla, fue suficiente para partirme. No hizo falta decir nada. Mi papá ya no estaba. Recuerdo limpiarme las lágrimas con una determinación extraña, decirle “decime que no”, y encontrar en el llanto de ella la confirmación de algo que ya había sentido un minuto antes, cuando la música todavía sonaba.
Fui directo a la pieza de mi abuela. No sé de dónde salió la fuerza. Tal vez de ese instinto que aparece cuando el mundo se desploma y alguien tiene que sostener lo que queda. La abracé con el corazón roto.
Sabía lo que iba a venir y aun así caminé hacia eso.
Ella me miró. Me miró directo, con una intensidad que todavía puedo sentir en la piel. Y me dijo, con una angustia que no entra en ninguna palabra: “Quiero llorar y no puedo.” Sus ojos estaban clavados en los míos, llenos de un dolor tan brutal que la vida misma, supongo, decidió defenderla. Porque después de esa frase, después de ese instante partido al medio, su mente eligió el olvido. Un olvido que la protegió del derrumbe pero que me borró a mí de su memoria para siempre
Ese día fue una grieta en el tiempo. Un antes con inocencia y un después donde aprendí a apagar las lágrimas.
No lloré más.
Guardé todo adentro, tan profundamente, que años después mi cuerpo explotó diciendo lo que yo no me permitía decir: ansiedad, pánico, encierro, miedo. Fue el precio de haber querido ser fuerte demasiado pronto.
Pero cuando vuelvo a ese día —porque siempre vuelvo— pienso en esa cocina, en ese llanto que no sabía explicar, en esa canción repitiéndose como un aviso dulce y triste. Elijo creer que estaba conectada con mi papá, que él estaba ahí, en esa vibración, en esa despedida muda que se anunció en forma de melodía.
Por eso queria tatuarla.
No por la canción en sí, sino por todo lo que simboliza: por esa señal que no entendí en el momento, por esa mitad de mí que se fue, por ese recordatorio de que incluso en medio de lo insoportable, incluso cuando todo se quiebra y el cielo se vuelve demasiado pesado, algún día —siempre, inevitablemente— va a escampar.

Tengo un Hada Madrina

Yo no nací en Pergamino.
Nací en Necochea.
Las circunstancias mas tristes de mi vida y mis quince años me trajeron hasta acá, todavia con un mapa incompleto del mundo y una timidez que me hacia sombra.
LLegue siendo casi una desconocida para todos inlcluso para mí. En la escuela, para no sentirme tan ajena a todo me anotaron con mi primo. Y durante un buen tiempo no fui Valeria. Fui "la prima de pablito"
Caminaba por los pasillos con ese rotulo que me ayudaba a no perderme, pero que tampoco me dejaba encontrarme.
De a poco, con los años, fui tallando mi nombre en mi propia historia: deje de ser "la prima de" para ser Val. Para mis amigos, soy la negra. Para algunos, soy la Profe o seño Val. Para otros, la bailarina. Para algunos otros, la cantante. La que acompaña o hace cosas en redes.
Pequeños fragentos que me nombran , que me reconocen, que me encuentran.
Pero anoche paso algo que me desarmo el pecho (en el mejor de los sentidos), fue en una fiesta del centro de dia al que concurre ella: mi hermana.
Ahi estaba Gabi brillando de una manera que hacia tiempo no veía. Tan ella, tan libre, tan cómoda en su lugar de pertenencia. Tan feliz que tuve que tragarme varias veces las lágrimas para no romperme ahi mismo.
Me dijeron muchas veces: "anda a bailar con ella" pero no, no era mi momento.
Y entonces ocurrió algo simple,pero enorme.
Cada persona a la que me presentaban decían: - Ella es la hermana de Gabi.
No la Profe.
No la prima de Pablito.
No la negra.
No la profe.
No la bailarina.
No la acompañante.
LA HERMANA DE GABI.
Y cada vez que escuchaba, alguien sumaba una historia: una risa compartida, una anecdota al dia a dia, un gesto de ternura, una travesura, algo que Gabi deja en quienes la cruzan. Y ahi entendi algo que en la rutina se me pasa, que a veces la vida tapa, que a veces el cansancio nubla: ¡ que orgullo ser tu hermana !
Que privilegio que mi nombre sea el puente hacia ella. Que verdad tan simple y tan profunda: si hoy me reconocen por ser la hermana de Gabi, entonces estoy bien nombrada.
Porque si, hubo dias de enojos, de preguntas, de injusticias que duelen. Hay dias en los que la vida pesa un poco más. Pero anoche, mientras la veía brillar entre la gente, ocupando su lugar, siendo mirada y querida por lo que es, senti algo que me atravesó entera:
Nacer de vuelta en los ojos de mi hermana. Ser definida por su luz
Ser presentada por el lazo mas noble que tengo.
Yo que llegue a esta ciudad sin nombre propio, timida, perdida, siendo la prima de.
Yo , que despues fui Val.
Yo, que fui y soy tantas cosas para tanta gente.
Anoche fui algo que me completó de otra manera: Fui la hermana de Gabi.
Y pocas veces un nombre me quedó tan bien.

sábado, 21 de junio de 2025

Hay canciones que no se escuchan con los oídos. Réquiem por vos es una de ellas. Siempre se me recuerda, como un eco, como una puerta abierta a algo que no se fue del todo. Me conecta con vos. Con tu esencia, con tu ausencia presente papá. Siempre estas ahi, en una canción que salta sin aviso, en una charla, en un recuerdo. Y con vos vuelve la niña que fui. La que encontraba en vos una cierta admiración u orgullo, que vivía el instante como si fuera el último. Hay olores, lugares o gestos que te traen de nuevo acá. Tambien estas en las cosas que duelen. En algunas que quedan por sanar. Porque me conectas con la parte más frágil de mi ser, esa que a veces me cuesta mirar. Hay miedos, sombras, aprendizajes qué cuestan algunos días más, otros menos. Reconocerlo me humaniza. Me hace real. Te hace real. Me permite abrazarte y abrazarme. Estas en lo que soy y en lo que todavia estoy aprendiendo a ser y no ser. En mis gestos, mis gustos musicales que me atraviesan. En los silencios que ya no me resultan incómodos y en ese espacio invisible que no tiene forma, pero me sigue sosteniendo. Hay amores que no mueren, solo cambian de forma. Y cuando los dejo entrar en todas sus versiones, hasta en las más dolorosas, también encuentro ahí mi símbolo de paz. Abrazame. Abrazalo.

martes, 22 de agosto de 2023

Libre o nada.

 Hoy me senté a escribir sobre nosotros indirectamente. Me propuse escribir sobre las relaciones de pareja. Sobre la necesidad de la confianza mutua, de la sinceridad y la importancia de la palabra. De contar lo que nos pasa, de escuchar lo que le pasa a la otra parte. Escribí sobre la pasión, sobre el amor, sobre el paso del tiempo: las cosquillas que sentía. Ojo, no es que ya no me emocione verte, pero es distinto. Nosotros estamos distintos. Cambiamos físicamente, pero también cambiamos por dentro. Ninguno es lo que era antes de conocernos. A las generaciones anteriores a las nuestras, la idea de divorciarse les hacía mucho más ruido que a las generaciones actuales. Ante este panorama, de chica prometí nunca jamás casarme, ni formar una pareja. Iba a vivir sola. Tanto sufrimiento y separaciones me habían hecho creer que el amor sólo existía en las novelas mexicanas. Tendría unos 10 años. Crecí escuchando la afirmación de que formar una familia era parte de nuestros mandatos y deberes como personas. Cuando una es mujer, ese mandato se hace más fuerte. Ya no sólo es formar una familia, sino parirla: estar atenta a la limpieza de la casa, a los estados de ánimo de cada uno de los habitantes y sobre todo, a nuestra pareja. Sí, este párrafo parece traído del pasado, pero lo cierto es que sigue siendo bien actual. Crecí escuchando la historia de la media naranja, de la familia tipo y los príncipes azules. Si me dejaba llevar por mi enojo ante los fracasos del amor, me iba a inclinar a una vida solitaria. Si me dejaba llevar por los mandatos sociales, iba a formar pareja con quien más o menos se adecuara a mis gustos y ahí se iba a acabar toda la cuestión. No importa que la otra persona me comprenda y me quiera, importa que encaje en los parámetros sociales. Por suerte, no me incliné por ningún extremo y decidí forjar mi propio camino. Buscar yo misma esa receta que me permita ser feliz (que a fin de cuentas es lo único que importa, ¿no?). Después te conocí a vos. ¡Vamos! Nadie daba ni 10 centavos por nuestra relación, ni siquiera yo. Agrego, me siento muy afortunada de que esto haya ocurrido. Amor, pasión y relación estable son las tres vértices de un triángulo amoroso que la sociedad se encargó de trillar. En los tiempos que corren, la vida pasa por lo inmediato: donde todo es fugaz, donde todo es tener y poseer, y sobre todo, donde todo se muestra. En estos tiempos pensar en cultivar una pareja, en el crecimiento individual y la paciencia mutua parece algo tirado de los pelos. Hoy, (casi) todo es motivo de pelea, de desconfianza, de celos y de violencia.
Años atrás, las peleas de pareja también existían, pero el factor social/moral y la inexistencia del divorcio hacían que la separación sólo fuera en el plano emocional. Actualmente, las parejas van y vienen. Están y no están, se quieren y se detestan y ya nadie se detiene a pensar en el “amor para toda la vida”. El amor hoy parece ser un bien más de consumo. Úselo y tírelo, y al primer malentendido uno ya cambia su estado en Facebook. La oferta de parejas virtuales hace que todo esto sea mucho más volátil. Ya no importa comprender y escuchar al otro. El amor perdió profundidad. Ya no se trata de lazos ni de proyectos. Y eso se reduce a que cada día somos y estamos más individualizados. El sistema lo logró. Penetró tanto en nuestra psique que ya no se trata de escuchar, compartir y proyectar. Vivimos en la era del amor virtual, pura exposición. ¿Te das cuenta de la gravedad de eso?. Es cierto que la idea de amor eterno puede abrumar. Pero lo cierto es que por relación de pareja solemos imaginarnos cosas muy distintas. Desde la época de Platón el amor ocupó un lugar existencial en la historia de la Humanidad. Y hoy en día siguen sin existir fórmulas para amar y ser amado. Sí, hay aplicaciones que te ayudan a buscar a tu pareja ideal, pero, ¿será cierto? La verdad es que el amor para siempre sólo como una pantalla al exterior es tristísimo. ¿Sabes la cantidad de parejas que siguen juntas sólo porque se creyeron el cuento del amor eterno hasta que la muerte los separe? Si no hubiese nada de todo esto, nadie tendría que escribir “10 consejos para mantener tu relación” o “Tips para ser una pareja apasionada” o peor aún, “5 claves para sobrevivir al matrimonio”. Y qué de la pasión. Acaso el amor se resume netamente al plano sexual. ¿Por qué una conversación no puede suponer algo del romanticismo? Me da la impresión de que en el amor ya está todo inventado. O al menos, dicho. Y lo cierto es que cada persona vive el amor de una manera distinta. Actualmente, muchas parejas se rompen porque la pasión no es la misma que en los primeros meses de relación, pero, ¿es ese un motivo válido de separación? Que distinto sería si uno pudiese hablar con su pareja de todo esto. Construir desde la incomodidad. 

En India no creen en el amor a mi primera vista. Allá los matrimonios son arreglados. Un astrólogo se encarga de comparar las cartas natales de dos personas y si hay correspondencia, se forma la pareja. Si los astros no coinciden, se busca un nuevo candidato. También está la dote de por medio, pero ese es otro tema. En fin, en India justifican la tasa bajísima de divorcios afirmando que las parejas no se separan, ya que astrológicamente están unidas. Qué loco debe ser irte a dormir con alguien que conociste el día de tu casamiento. A eso súmale que, a la fuerza o naturalmente, te tenés que enamorar y tener hijos. En Occidente entendemos las relaciones de pareja como algo distinto. Y sobre eso he escrito. Sobre la necesidad de crecimiento y de espacio individual en una relación. Sobre la mentira de la media naranja. Nadie necesita de nadie. No es necesidad lo que hay ahí. En todo caso es deseo e intereses. Ganas de pensar la completitud desde otro lado, pero no desde la necesidad.
Una relación de pareja es compañerismo. Es mirar al otro, es entrega, escucha y comprensión. Amor es independencia. Es amar, pero también es amarse. Las relaciones deben crecer. Tienen que quedarnos chicos para comenzar a agrandarse, como nosotros, que fuimos creciendo.
Amar también es entender el paso del tiempo. El cuerpo cambia, la belleza cambia, los gustos cambian. Tampoco la pasión va a ser la misma. Una pareja crece en la medida que hable de lo que pase. Que sea sincera. El amor puede ser vicioso. Los celos son hirientes y coartan toda posibilidad de crecimiento y de disfrute. Las relaciones pueden teñirse de violencia. Los mandatos preestablecidos nos pueden empujar al abismo. Y si eso ocurre, los únicos que perdemos somos nosotros mismos. Amor no es dependencia emocional. No es lucha ni sufrimiento. Tampoco es aislamiento.
Libertad. Eso debe ser el amor. Pero socialmente se entiende el amor como cárcel y esclavitud ¿Sos consciente de los valores que esas afirmaciones transmiten? Me molesta vivir entre tantos estereotipos. El hombre pirata, la mujer sumisa, todo está clasificado.

En fin, supongo que amar es… Una relación de pareja es… Creo que es una eterna búsqueda. Por suerte no hay fórmulas, ni regaderas mágicas para que una relación crezca. Es ensayo y error. Es crear una identidad colectiva sin prohibiciones. Amor es ser libre. No sé si vamos a estar más años , pero sé que este tiempo no fue en vano. Como dice Poldy Bird, otra de mis heroínas adolescentes: “No importa lo que dure. Créeme que no importa. Un minuto, un año, un siglo. Pero mientras dure, que sea para siempre”.

martes, 1 de agosto de 2023

 Tenía un cartel de neón apuntando constantemente a su cabeza. Tenía la capacidad de hacer que todo lo que dijera sonara espectacular. Pero era todo bastante frágil. Creía que tener el pelo teñido de fucsia era ser libre, sin darse cuenta de que la libertad pasaba por otras cosas. Es todo demasiado frágil. La vida se convirtió en aquel reflejo que esperaba que el resto viera. Armó una imagen para salir a la calle, deseando con todas tus fuerzas que el mundo la comprara. Le interesaba más que la gente supiera que hacía determinadas cosas que el hecho de hacerlas. Pero, al final del día, era el reflejo del espejo el que le preguntaba: ¿nunca te sentiste totalmente deshauciada al saber que, sin público, tu actuación no tiene sentido? Caminaba por la cuerda floja en busca de la libertad, sin darse cuenta de que, mientras tanto, se perdía de ser libre.

martes, 10 de noviembre de 2020

El alma no conoce de minutos ni días, el alma se nutre con risas y alegrías. El alma no se preocupa por distanciamientos ni metros, el alma se desvive porque le susurren un cuento
¿Cuánto tiempo hemos pasado aislados del sentir de otro?. De esquivarnos las miradas mientras nos hacemos los locos. Una cuarentena llevaba en el alma, vacía de cuentos, llena de distancia.
Arte, le faltaba arte y sudor. Acercarse más a un dónde imaginario y dejarse ir . Dejarse envolver por los abrazos. Por las canciones y la improvisación 

  Por cada una de esas otras almas que me curan.