Durante años hubo un disco de La Vela Puerca que sonaba como si fuera parte de mi respiración. Lo escuchaba en mi habitación, en mi discman, caminando, quieta, siempre.
Había una canción en particular, Va a Escampar, que repetía sin pensar, como quien enciende una vela sin saber que está llamando algo.
Hasta ese día era sólo música. Un estribillo más, un refugio adolescente.
Pero el 3 de septiembre la canción no llegó: me encontró.
Estaba en la cocina de mi casa en Necochea, la luz entrando tibia por la ventana, el olor a lo cotidiano flotando en el aire. Puse play, como siempre, y sin aviso, sin explicación, empecé a llorar. No era un llanto cualquiera. Era un desborde. Un río abriéndose paso por dentro mío,
como si mi cuerpo supiera algo que mi cabeza todavía no podía nombrar. Lloré con una intensidad antigua, como si me estuviera despidiendo de algo
sin saber de qué. Mi abuelo me miraba desde la mesa, desconcertado, pero yo estaba en otra frecuencia, en un lugar donde el alma tiembla antes de romperse.
Cantaba a los gritos esa frase —algún día va a escampar— y era como si cada palabra me empujara hacia un borde invisible.
Cuando la canción terminó, el silencio se volvió una especie de presagio. Ese silencio que no hace ruido, pero avisa.Y entonces se escuchó un auto llegar.
Mi mamá y mi tío cruzaron la puerta.
La cara de mi mamá, apenas verla, fue suficiente para partirme. No hizo falta decir nada. Mi papá ya no estaba. Recuerdo limpiarme las lágrimas con una determinación extraña, decirle “decime que no”, y encontrar en el llanto de ella la confirmación de algo que ya había sentido
un minuto antes, cuando la música todavía sonaba.
Fui directo a la pieza de mi abuela. No sé de dónde salió la fuerza. Tal vez de ese instinto que aparece cuando el mundo se desploma y alguien tiene que sostener lo que queda. La abracé con el corazón roto.
Sabía lo que iba a venir y aun así caminé hacia eso.
Ella me miró. Me miró directo, con una intensidad que todavía puedo sentir en la piel. Y me dijo, con una angustia que no entra en ninguna palabra: “Quiero llorar y no puedo.” Sus ojos estaban clavados en los míos, llenos de un dolor tan brutal que la vida misma, supongo, decidió defenderla. Porque después de esa frase, después de ese instante partido al medio, su mente eligió el olvido. Un olvido que la protegió del derrumbe pero que me borró a mí de su memoria para siempre
Ese día fue una grieta en el tiempo. Un antes con inocencia y un después donde aprendí a apagar las lágrimas.
No lloré más.
Guardé todo adentro, tan profundamente, que años después mi cuerpo explotó diciendo lo que yo no me permitía decir: ansiedad, pánico, encierro, miedo. Fue el precio de haber querido ser fuerte demasiado pronto.Pero cuando vuelvo a ese día —porque siempre vuelvo— pienso en esa cocina, en ese llanto que no sabía explicar, en esa canción repitiéndose como un aviso dulce y triste. Elijo creer que estaba conectada con mi papá, que él estaba ahí, en esa vibración, en esa despedida muda que se anunció en forma de melodía.
Por eso queria tatuarla.
No por la canción en sí, sino por todo lo que simboliza: por esa señal que no entendí en el momento, por esa mitad de mí que se fue, por ese recordatorio de que incluso en medio de lo insoportable, incluso cuando todo se quiebra y el cielo se vuelve demasiado pesado, algún día —siempre, inevitablemente— va a escampar.


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